Cuando aterricé en Reino Unido el 12 de enero de 2020 se hablaba poco del coronavirus (bautizado como SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19) que ha puesto en vilo al mundo. Por entonces, EL PAÍS se refería a este microorganismo como un «nuevo virus» responsable de una «misteriosa neumonía». Más allá de eso, se le prestaba escasa atención.

Conforme avanzaba mi estancia en Inglaterra, el eco del coronavirus resonaba paulatinamente más fuerte en los medios de comunicación y en la sociedad en general. La noche del 31 de enero viví un presagio, aunque en ese momento no lo supe captar. Aquella jornada estuvo marcada por la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Como no podía perderme dicho acontecimiento histórico, decidí asistir al Brexit Celebration que tuvo lugar en Parliament Square, la icónica plaza situada frente al Palacio de Westminster. Tras el acto, me dirigí a London Victoria Coach Station para tomar un autobús, y allí vi a una joven ataviada con una mascarilla que subió al mismo vehículo. «Si la lleva por el coronavirus es que es un poco agorera», pensé. Sabía que podía ser una enfermedad grave, pero entonces estaba circunscrita, fundamentalmente, a algunos países de Extremo Oriente. Ahora, en mi mente esa muchacha ha adquirido un significado premonitorio.

A lo largo del mes de febrero surgieron distintas noticias que alertaban de lo que se avecinaba. Recuerdo que amanecí con una amarga preocupación cuando leí que el coronavirus podría infectar al 60 % de la población si no lograba controlarse. Asimismo, seguí con profunda aflicción la información que llegaba del crucero Diamond Princess, un enorme barco cuyos pasajeros estuvieron confinados frente al puerto de Yokohama (Japón) durante casi un mes, mientras día a día aumentaba el número de contagiados. Me parecía una situación infernal. Otros cruceros han sufrido situaciones similares, por lo que mi perspectiva sobre estas embarcaciones ha cambiado; he pasado de verlas como fuente de placer a tener una cierta sensación de desasosiego al pensar en ellas.

La sobrecogedora imagen del viceministro de salud de Irán secándose el sudor del rostro poco tiempo antes de dar positivo en coronavirus fue el preludio del desastre que el virus generaría en Europa, y en particular en Italia. Cuando empezó a descontrolarse el brote en el país alpino, me quedé impresionado por la imagen de unos farmacéuticos trabajando con mascarilla, pues hasta hacía no mucho algo así solo era concebible en China. Ahí sentí que algo muy grave estaba a punto de desencadenarse a lo largo del continente. En España, primero se informó sobre el descontrol de la enfermedad en Torrejón de Ardoz (Madrid), seguido del brote en La Rioja y otros lugares como consecuencia de un funeral que originó un contagio masivo. Tras la manifestación multitudinaria del 8-M, y el evento de Vox en el Palacio de Vistalegre, la Comunidad de Madrid cerró las guarderías, colegios, institutos y universidades y, a partir de ahí, la sucesión de noticias negativas fue imparable, hasta la adopción del estado de alarma y el confinamiento general de la población.

Viví todos estos episodios con desazón, en especial porque mi familia y amigos se encontraban en España. Asimismo, las «compras de pánico» se extendieron gradualmente por Reino Unido, dejando estantes vacíos en los supermercados que aumentaban mi inquietud. Igualmente, me desconcertaba la postura de las autoridades británicas, pues, a mi juicio, no estaban tomando medidas efectivas a pesar de que Italia y España ejemplificaban qué suponía actuar tarde. De hecho, la noche del sábado 14 de marzo recorrí la ciudad de Chichester, al sur de Inglaterra, y fotografié algunos pubs llenos de gente, lo que contrastaba con la cuarentena obligatoria ya impuesta en otros Estados.

El pub The Chantry repleto de gente la noche del 14 marzo | Ramón Alarcón Sánchez

Mis deseos de regresar a España aumentaron significativamente el lunes 16, ante la creencia de que Johnson cerraría de forma inminente los centros educativos por el rumbo que estaba tomando la pandemia, como así pasó. Además, me preocupaba quedarme atrapado en Reino Unido sin posibilidad de volver. Como consecuencia, el martes compré un billete para el vuelo BA408 de British Airways, programado para el jueves a las 10:00 desde el aeropuerto de Londres Heathrow con destino Valencia. Asimismo, realicé las gestiones para reservar un taxi desde Chichester al aeropuerto, pues quería evitar el transporte público dadas las circunstancias excepcionales.

El miércoles por la noche me acosté preocupado y, en parte, angustiado, pues no dejaba de pensar en los problemas que podrían surgir: ¿y si se cancelaba el vuelo? ¿Y si había controles adicionales para evitar que personas potencialmente enfermas pudieran subir al avión? ¿Qué me encontraría en Heathrow? Me autotranquilizaba pensando que había reservado el taxi a las 05:00, por lo que tenía previsto llegar en torno a las 06:00, con tiempo de sobra para cualquier imprevisto, pero era difícil no estar intranquilo.

Casi sin darme cuenta, pues los acontecimientos avanzaban tan rápido que era difícil procesarlos, ya estaba subido en el taxi, portando mascarilla y guantes. Al inicio del trayecto, tuve una pequeña charla con el conductor sobre el coronavirus. Le sorprendió que volviera a España, pues la situación era peor que en Reino Unido, aunque tras comentarle lo del cierre de centros educativos lo comprendió. Llegué al aeropuerto sobre las 06:20 y, aunque la mayoría de la gente no llevaba mascarilla, una parte significativa sí estaba equipada con una. Tras obtener la tarjeta de embarque y facturar la maleta, me dirigí al control de seguridad. Ahí me percaté de que no había ningún control adicional derivado de la pandemia. Todo fue muy rápido: puse mis dispositivos electrónicos en una bandeja, la cazadora, el cinturón, etc. y pasé el detector de metales. Listo. Tras introducir en la mochila todo lo que había tenido que sacar, ya solo me quedaba esperar a que en las pantallas apareciera la puerta de embarque de mi vuelo, aunque para ello aún quedaban unas horas.

Me dediqué a dar vueltas por la terminal y analizar el ambiente. La mayoría de las personas no parecían tomar ninguna medida higiénica especial: los bares estaban llenos, las tiendas abiertas y la gente se sentaba muy próxima, sin guardar la distancia prudencial recomendada de dos metros… «Aún no saben lo que les espera», pensé. Y así ha sido, pues Boris Jonhson ha cedido y ha establecido unas rígidas medidas de confinamiento, hasta el punto de que, según The Daily Telegraph, «la libertad se ha terminado».

El ambiente cambió radicalmente cuando anunciaron la puerta de embarque y llegué a ella. Parecía que no estaba en el mismo aeropuerto. La mayoría del pasaje era español, e influidos por lo que estaba ocurriendo en España, prácticamente todos portaban mascarilla y, en algunos casos, guantes. Nos subieron a un autobús para llevarnos hasta el avión. Durante el trayecto, advertí que las personas trataban de mantener una distancia prudencial unas de otras, tratando, incluso, de no tocar ciertos elementos del vehículo, como las barras de sujeción.

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Selfi en el autobús que nos llevó al avión | Ramón Alarcón Sánchez

Una vez a bordo, todos nos sorprendimos al ver la cabina prácticamente vacía, por lo que comenzamos a hacer fotos para salvar el momento. Comenzaron a resonar conversaciones sobre los motivos para regresar a España —por supuesto, en todas coincidía, de una u otra forma, la pandemia—, sobre cómo actuaba el virus, sobre lo que ocurriría en Reino Unido… En definitiva, diálogos sin importancia que tampoco conducía a ninguna conclusión relevante. Por tanto, me acomodé en el asiento situado al lado de la ventanilla y me relajé, pensando que, al menos, pronto estaría en España.

Cabina de pasajeros del vuelo BA408 de British Airways el 19 de marzo de 2020 | Ramón Alarcón Sánchez

Cuando sobrevolamos Francia, fijé la vista en las carreteras, que aparentaban estar vacías, y en los pueblos. Me preguntaba qué estarían haciendo los lugareños ante la cuarentena impuesta por el Gobierno. Reflexioné sobre cómo, en pocos días, el mundo se había detenido, como si las luces se hubieran apagado de repente y nos hubiéramos sumido en una oscuridad total. Pese a la cruda situación, me resultó agradable ver los Pirineos nevados y, no mucho tiempo después, me percaté de que estábamos cerca del aeropuerto de Valencia. Aproveché para grabar un vídeo donde se aprecia la falta de actividad —carreteras desoladas, calles sin vida, polígonos desiertos…— que ejemplifica el daño económico y social que está produciendo el parón al que el mundo se ha visto abocado. Finalmente, aterrizamos. Debo decir que agradecí que el avión se posara sobre la pista muy suavemente, a diferencia de la brusquedad que sentí cuando llegué a Reino Unido un par de meses atrás.

Lo primero que vi al desembarcar fue a una mujer con mascarilla al lado de la puerta del avión. Desde ese momento, y hasta que recogí el equipaje, observé cómo un hombre utilizaba su cigarrillo electrónico por el aeropuerto, sin que nadie se lo reprochara. Una irresponsabilidad mayúscula, teniendo en cuenta que el coronavirus afecta principalmente a las vías respiratorias y podría propagarse por el humo del vapeo (aunque hay quien matiza esta afirmación, pero, conociendo la magnitud del problema, las precauciones deberían ser las máximas). A mi entender, esta anécdota, que en otro momento no habría ido más allá, pone de manifiesto la falta de control en, al menos, esta infraestructura crítica. De hecho, ni siquiera nos tomaron la temperatura, y lo único que difería con respecto a la normalidad era que los policías que revisaban los DNI llevaban mascarilla.

Una vez salí del aeropuerto, me dirigí a la fila de taxis. Un par de jóvenes discutían con un conductor, ya que ambos iban al mismo lugar y querían viajar en el mismo vehículo, pero este les replicaba que solo podía llevar a un pasajero. «Yo no he tomado esta decisión», concluyó el hombre. Sin inmiscuirme en la escena, anduve hasta el siguiente coche. Me sorprendió que los taxistas no llevaran ningún elemento de protección, pese a estar expuestos al público y transportar personas provenientes de otros países. En cualquier caso, me subí al automóvil y pusimos rumbo a mi destino. Por el camino, grabé un vídeo de una Valencia solitaria, algo impensable en otras circunstancias, sobre todo ese día, que debía haberse celebrado la cremà, el acto final de las Fallas.

Esa noche dormí en un apartamento del barrio de Jaume Roig. Por la mañana, tomé otro taxi hasta la Estació del Nord, pues todavía me quedaba coger un tren Talgo hasta Socuéllamos (Ciudad Real). En la entrada de la estación había un par de militares; asimismo, también había vigilantes de seguridad y una pareja de policías nacionales, pero nadie reparó en mi presencia. Maté el tiempo paseando por el recinto, tomando instantáneas y vídeos de un lugar público que, normalmente, estaría repleto de gente, debido a que dispone de servicios ferroviarios de todo tipo. Las sillas de la zona de espera estaban acordonadas, había carteles que recordaban que se debía guardar una distancia prudencial con las demás personas y en los paneles de información se emitían mensajes diciendo que no se viajara salvo por extrema necesidad.

Antes de acceder al tren, nos informaron de que podíamos sentarnos donde quisiéramos, siempre que mantuviéramos una distancia razonable. Una vez a bordo, limpié los reposabrazos del asiento con una de las toallitas antibacterianas que había traído de Reino Unido y me puse cómodo para el viaje, que fue bastante agradable pese a las circunstancias. Algunas estaciones ofrecían un aire fantasmal, como la de Albacete, donde no había ni un alma.

Por fin, llegué Socuéllamos. Allí, tomé otro taxi —el cuarto en poco más de 24 horas— que me condujo hasta mi domicilio. Sentí un alivio monumental por haber completado satisfactoriamente el viaje de regreso. A partir de ese momento, me aguardaba el confinamiento…

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