Vivíamos en un mundo de inercias. ¿De verdad pensábamos el motivo por el que viajábamos? ¿De verdad era necesario todo cuanto hacíamos? Por primera vez en mucho tiempo, un virus ha parado el planeta y el silencio reina en unas calles donde todo era ruido. Puede que sea el momento de reflexionar: ¿queremos recuperar el mundo previo a la pandemia o es el momento de modificar algunas cosas? No olvidemos que, pese a que ahora añoramos lo que hemos perdido, pedíamos a gritos cambios en nuestra forma de vida. Aprovechemos esta pausa que nos ha concedido la naturaleza para recapacitar antes de que el ajetreo nos lo impida de nuevo.

Al ser humano se le suele olvidar la implacable fuerza de la naturaleza. Da igual cuánto nos retrotraigamos; siempre ha sido así. Por ejemplo, un día antes de la erupción del volcán Vesubio, en el año 79, los habitantes de Pompeya, Herculano, Estabia y Oplontis vivían enfrascados en sus quehaceres diarios: panaderos, yeseros, comerciantes, funcionarios, escritores, estudiantes… siguieron, con toda probabilidad, un patrón similar. Tras amanecer y comer algo para calmar el hambre, se dedicaron a trabajar, formarse, recaudar impuestos e, incluso, tal vez algún enamorado trató de seducir a su amada. Es posible que más de uno sufriera ante una mala noticia o se mostrara preocupado por algún asunto familiar o de negocios. Seguramente, varios trazaron planes de futuro durante aquella jornada, sin intuir que estaban viviendo sus últimas horas en este mundo

¿Qué pensarían cuando ocurrió el desastre? Probablemente, el misticismo y la religión tuvieron una influencia importante: unos creerían que los pecados y la corrupción moral habían desencadenado una espeluznante ira divina; otros, aterrados, supusieron estar ante el apocalipsis. Se vivieron escenas trágicas: madres socorriendo a sus hijos, lágrimas deslizándose por las mejillas, sucesiones de gritos, empujones y caídas en mitad de multitudes histéricas… Un escalofrío helado recorrió la espina dorsal de estas gentes, que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el peor momento posible.

Es difícil hallar al culpable de esta catástrofe que dejó miles de víctimas. Casi dos milenios más tarde, nuestro criterio dicta que, por muy inmoral que fueran aquellos pueblos; por muchas malas artes que allí se practicaran, ningún dios intervino en la tragedia. Asimismo, no se disponía de la tecnología ni de los protocolos necesarios para predecir la erupción y evacuar a la población que se vio afectada. Por tanto, fueron los designios de la Tierra los que redujeron a cenizas las esperanzas, miedos y preocupaciones de estos individuos.

El último día de Pompeya | Karl Briulov

Pero, a diferencia de lo que ocurría en la época de la Antigua Roma —quizá como consecuencia del desarrollo tecnológico y de los cambios en la concepción de la vida humana— cuando sobreviene un desastre natural a día de hoy, pocas veces decimos que no hay culpables. Por el contrario, nos preguntamos quién ha fallado, y repetimos hasta la saciedad cosas como «tal vez el ayuntamiento permitió la construcción de la urbanización en una zona inundable», «posiblemente el gobierno regional debería haber contratado a más personal para evitar el incendio» o «si se hubiera limpiado el cauce del río las lluvias torrenciales no habrían provocado tantos daños». En definitiva, casi siempre se solicita un cabeza de turco. No soy capaz de aventurar el porqué, pues tengo varias hipótesis, como el miedo a asumir que, en un segundo, todo puede cambiar irremediablemente sin que se pueda hacer nada al respecto. Es posible que nos consuele pensar que siempre hay una autoridad local, regional o gubernamental que vela porque todo vaya bien. El autor israelí Yuval Noah Hararri trata con mayor amplitud este asunto en su libro Homo Deus, del que recomiendo su lectura.

Por consiguiente, es probable que tras la pandemia se produzca una carrera por hallar al culpable. En realidad, es algo que ya sucede en España. Personalmente, no me parece mal que se depuren responsabilidades y se mejoren los procedimientos de cara al futuro, sobre todo cuando los ciudadanos pagan una cantidad significativa de impuestos para tener un sistema eficaz y eficiente, pero, al mismo tiempo, creo que el concepto de responsabilidad individual se ha diluido y, en ocasiones, tratamos de hallar fuera lo que deberíamos buscar dentro. Así, me parece un error mayúsculo que se promovieran manifestaciones y concentraciones multitudinarias cuando había datos que indicaban que el virus se estaba propagando en el país. Sin embargo, ¿dónde queda la responsabilidad de cada uno? A mi parecer, todo aquel que no se informó debidamente, y simplemente siguió las recomendaciones de las autoridades sin cuestionarse nada, como que tal vez habían decidido no tomar medidas drásticas por el evento ideológico de primer orden que debía celebrarse, es un ignorante o, peor aún, un indiferente (sugiero que se busque la opinión de Antonio Gramsci sobre los indiferentes).

Asimismo, en ocasiones las democracias pueden reaccionar más lentamente que los Estados no democráticos al tener que guardar el debido respeto al ordenamiento jurídico, por no hablar del coste político que han de asumir los responsables políticos o de las presiones que ejercen las diversas partes interesadas. De esta manera, el Gobierno de España tuvo que declarar el estado de alarma, que no es un asunto baladí y requiere de unas condiciones determinadas, para limitar los movimientos de los ciudadanos. Con ello no pretendo alabar a los sistemas políticos autoritarios, pues nunca optaría por una forma de gobierno cuya soberanía no residiera en el pueblo, pero sí es posible que, en circunstancias excepcionales, decisiones que han de tomarse rápidamente sufran un retraso fatal.

El desgaste político o las presiones pueden demorar la adopción de medidas

Sobre este aspecto, y aunque sé que es un miedo infundado, pues vivo en una democracia consolidada, esporádicamente siento el temor de que, una vez superada la pandemia, los gobernantes utilicen la experiencia del estado de alarma para endurecer el marco legal; esto es, que añadan alguna limitación o matiz que no suponga un restablecimiento de los mismos derechos y libertades que disfrutábamos antes de la arremetida de este patógeno. Me refiero, verbigracia, a la adopción de algún precepto que permita la geolocalización o el rastreo de las personas mediante sus «smartphones» en determinadas situaciones. Con todo, soy consciente de que existe un poder judicial al que recurrir en caso de que se apruebe una decisión que pudiera ser contraria a derecho. 

Por otro lado, como he mencionado, la sociedad del año 79 estaba indudablemente más influida por lo místico que la del año 2020. Sin embargo, hay quien cree, e incluso afirma con convencimiento, que esta pandemia es una venganza de la Tierra por el daño que el ser humano le causa, como si asistiéramos a la venganza de Gaia. Evidentemente, tomar en serio esta hipótesis es absurdo. Simplemente, la naturaleza es la que es; cruel desde nuestra perspectiva, pero nada más. No obstante, sí podemos considerar este frenazo de la actividad mundial como una oportunidad para ejercer una introspección interna, tanto a nivel colectivo como individual; de hecho, una vez se supere esta hecatombe, probablemente no volveremos a tener una oportunidad de meditación de tal magnitud. Llegados a este punto, conviene hablar de la velocidad, pues está muy vinculada con lo tratado.

Paul Virilio afirmaba que «la velocidad es el poder mismo». Ponía como ejemplo la imagen del sarcófago de Tutankamón, quien sostenía un látigo para acelerar el carro de combate y un cayado para retener las riendas. De este modo, «el poder faraónico, como todo poder, es a la vez retención, freno, sabiduría y aceleración». En los últimos años, sin embargo, hemos vivido una aceleración constante sin apenas retención, freno ni, en cierto modo, sabiduría, como resultado de «la cara oculta de la riqueza y de la acumulación», que es la aceleración. El problema es que, al igual que el conductor que conduce a alta velocidad, una sociedad que sufre un apresuramiento constante no puede ver los detalles del camino; solo capta ráfagas de la realidad. Pero, a veces, merece la pena detenerse y contemplar detenidamente el paisaje. En este sentido, debemos aprovechar la parálisis global que ha generado el virus para examinar en qué punto estamos y qué podemos cambiar para crear un futuro más próspero.

En línea con este asunto, voy a exponer algunas de las reflexiones que he hecho durante el confinamiento. Primeramente, hablaré sobre el shock que ha supuesto el virus para la industria de la aviación. El 29 de junio de 2019, hubo la friolera cifra de 200.000 vuelos —comerciales, privados, militares, etc.—. Analizando este número, me pregunto si es realmente necesario o si todo es parte de una vorágine sin sentido. Centrémonos en el turismo. ¿Es posible disfrutar y conocer ciudades con siglos de historia, como Venecia, tomando un vuelo de bajo coste para pasear por sus calles masificadas? Tengo serias dudas; de hecho, creo que una cantidad importante de personas va de un lado a otro, simplemente, por inercia social. Con esto no quiero mostrar mi cerrazón mental ante el turismo, sino apostar por una «desaceleración colectiva» para que la masificación inconsciente e inútil dé paso a viajes inspiradores y provechosos. Es más, apostaría por emplear el parón para fomentar medios de transporte más lentos, como el ferrocarril o el barco, con el fin de desafiar a la aceleración constante que vivíamos —e incluso me atrevería a decir que sufríamos—. Esto es, moderar la velocidad de los medios de transporte para lograr una mejor observación del mundo. Recuperar, en definitiva, cierto aire del pasado para promover una lentitud que se aplique también a las relaciones interpersonales e intrapersonales.

La aceleración constante es propia de una sociedad imparable

Creo que es un objetivo alcanzable si, simultáneamente, se utilizan las nuevas tecnologías para modificar la forma en la que trabajamos. No estamos en la época de Charles Dickens ni de Mark Twain; afortunadamente, tenemos los dispositivos necesarios como para desempeñar una cierta cantidad de trabajos a distancia, contribuyendo con ello a la conciliación familiar y al aumento de la calidad de vida. Antes de la pandemia existía un grito, más o menos generalizado, que abogaba por este cambio, y ahora la naturaleza ha obligado a ponerlo a prueba. Veremos los resultados, pero, de ser positivos, el avance del teletrabajo debe ser máximo.

A este respecto, puedo aportar un punto de vista personal. Cuando residía en un municipio a las afueras de Madrid, debía desplazarme de lunes a viernes al distrito de Salamanca para realizar un aburrido trabajo de oficina. Perdía unas dos horas al día en el transporte público, a lo que había que sumar las horas que derrochaba al tener que irme a la cama temprano. ¿Tenía sentido algo así? Estoy convencido de que las tareas que realizaba podían realizarse telemáticamente desde mi hogar, al menos tras un periodo de aprendizaje presencial. Es por ello que tengo la esperanza de que esta crisis sirva para impulsar definitivamente el trabajo a distancia y las bondades que le acompaña. Con todo, sé que esta forma de desempeñar un oficio exige una mentalización por parte del trabajador, así como el establecimiento de horarios y actividades lúdicas y deportivas que permitan mantener una salud óptica a todos los niveles. 

Pasando a un aspecto más sombrío, las consecuencias económicas de la pandemia serán, como mínimo, escalofriantes. La democracia española nunca ha experimentado un cerrajón productivo como el actual ni el mundo ha vivido un confinamiento semejante, que, se estima, afecta a un tercio de la humanidad; esto es, a unos dos mil quinientos millones de seres humanos, considerado que hay unos siete mil quinientos millones, según el contador ofrecido por la oficina del censo de EE. UU. (aunque el grado de la confinación varía dependiendo del país). Puesto que la población de 1940 era de unos dos mil trescientos millones, de acuerdo a la misma fuente, a día de hoy hay más gente confinada que personas vivas durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, creo que una cantidad indeterminada de personas, que no atrevo a cuantificar, no se imagina lo que se avecina (tal vez sea una acción deliberada; un «no quiero pensar en ello». Si es su caso, le aconsejo no continuar leyendo). A mediados de julio de 2019 inicié un hilo recopilatorio, que actualizo muy de vez en cuando, sobre las señales que anuncian una crisis económica y una recesión en 2020. Entonces, la principal preocupación era la guerra comercial entre EE. UU. y China, la incertidumbre que rodeaba al Brexit o los cambios en el sector del automóvil, que habían dejado tocada a la industria alemana. La firma del acuerdo comercial de «fase uno» entre las dos mayores economías del mundo el 15 de enero de 2020, así como la consecución de una salida «descafeinada» del Reino Unido de la Unión Europea, con un periodo transitorio de 11 meses, dio un respiro. Como escribí el 1 de marzo, los índices PMI manufactureros de la eurozona referentes a febrero, que dan una idea de la salud de la industria, fueron mejores de lo esperado, pero alertaba de que «si el coronavirus se convierte en una pandemia, el turismo y la industria podrían verse golpeados en relativamente poco tiempo», como así ha ocurrido. La OCDE estima que «el sector del turismo, por sí solo, se enfrenta a una disminución de hasta el 70 % de su actividad», un dato sobrecogedor, especialmente para España, cuyo 12.3 % del PIB depende del turismo y el 12.7 % de la fuerza laboral come gracias a él, según el Instituto Nacional de Estadística.

La firma del acuerdo comercial de «fase uno» entre EE. UU. y China fue visto por muchos como el inicio de un impulso económico tras un 2019 débil, pero el coronavirus ha trastocado todo | The White House

Más allá de la demoledora situación actual, dentro de no mucho tiempo nuestros gobernantes deberán tomar decisiones determinantes para la economía, y hay una que, considero, es fundamental. Una vez que España doblegue la curva de contagios, ¿impondrá restricciones de entrada para evitar rebrotes? China lo ha hecho, pero esto supondría un duro golpe para la campaña turística del verano, que podría salvar algo los muebles.

Por su parte, el país tiene algunas debilidades que arrastra desde hace tiempo, como la precariedad del mercado laboral. En julio de 2019, durante la etapa de bloqueo político que condujo a las segundas elecciones generales, EL PAÍS lanzó un editorial donde advertía que, de no realizarse ciertas reformas económicas, España se encaminaba «hacia un colapso de las prestaciones sociales e, incluso, de partes fundamentales de la operativa del Estado». Estos problemas no solo siguen presentes —pues no se ha llevado a cabo ningún ajuste ni reestructuración para solventarlos— sino que se han visto profundamente agravados por la tremenda situación generada por el coronavirus. Por ello, no debe sorprender que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, utilice términos tan enérgicos como «Plan Marshall» —que, recordemos, fue una iniciativa estadounidense encaminada a rehacer una Europa destrozada por la Segunda Guerra Mundial, por lo que esta referencia debería ponernos los pelos de punta— o «reconstrucción». Con todo, sus ideas se han topado con el muro de Estados como Alemania y Países Bajos, que no están dispuestos a poner en marcha determinadas iniciativas contempladas durante la crisis de la eurozona. Por consiguiente, nos hallamos ante una encrucijada extremadamente seria, pues la reapertura de viejas heridas entre el norte y el sur de la Unión Europea pone en riesgo el proyecto común, que ya se encuentra acorralado por distintos frentes, como la consumación del Brexit, el chantaje turco mediante el uso de refugiados, que ha puesto en graves apuros a Grecia, y los planteamientos propios del grupo de Visegrado.

La Unión Europea se enfrenta a temas espinosos, como el remate del Brexit, y el coronavirus acrecentará las tensiones. En la imagen, la letra de la canción patriótica Land of Hope and Glory aparece en una pantalla durante el Brexit Celebration | Ramón Alarcón Sánchez

Al menos, los bancos centrales, especialmente la Reserva Federal y el Banco Central Europeo (BCE) parecen haber optado por ponerse a plena máquina, pero no caigamos en el engaño: la situación continúa siendo endiablada. Por tal motivo, recomiendo concienciación y lucidez. Cuanto antes se asuman los truculentos desafíos que nos depara el futuro, antes se conseguirá la firmeza, el coraje, la determinación y el ímpetu necesarios para enfrentarlos. Para evitar decepciones, diría que es mejor evitar posturas excesivamente optimistas, como las que hablan de una pronta recuperación en «V»; en todo caso, esta será en «U» o «W» y, en el peor de los casos, en «L» o «I». En Italia se han dado situaciones dramáticas, como robos en supermercados de Palermo (Sicilia), que han obligado a establecer vigilancia policial. Pueden ser los primeros signos de algo peor, como un motín social fruto de la desesperación. En este sentido, es aconsejable seguir de cerca lo que ocurre en el país alpino, pues es un espejo en el que reflejarse.

Pese a la sucesión de malas noticias, vale la pena recordar que la palabra «crisis» en japonés se compone de los caracteres «peligro» y «oportunidad», lo que quiere decir que ante situaciones difíciles hay que tratar de hallar algún provecho. Sin duda, el futuro inmediatamente posterior al del control del virus va a ser arduo, e incluso funesto, pues hasta que esté disponible un tratamiento y/o una vacuna segura, efectiva y con capacidad de distribuirse y suministrarse a la población general, el miedo a los rebrotes estará presente, lo que resultará en un mundo hermético y desconfiado. Pero pocas han sido las sociedades que han tenido un parón como este sin sufrir un conflicto armado; por ello, si lo aprovechamos para deliberar, recapacitar y progresar saldremos, indudablemente, reforzados.

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