El sábado 30 de septiembre tomé el AVE 03103 que cubre la ruta Madrid-Puerta de Atocha, Zaragoza-Delicias y Barcelona-Sants. En la capital catalana pude comprobar con mis propios ojos la grave herida ideológica y social que separa a la sociedad.

Nada más llegar a Barcelona me desplacé sin rumbo fijo con la única misión de comprobar el ambiente. La primera cosa que me llamó la atención fue la gran cantidad de furgones de la Policía Nacional que recorrían sus calles. Suelo fotografiar manifestaciones, concentraciones y otros eventos de carácter socialreivindicativo, por lo que estoy acostumbrado a ver este tipo de vehículos y a sus ocupantes, pero no como en Barcelona: en algunos momentos parecía estar paseando por una ciudad policial. Además, los furgones se movían siempre en grupos de entre tres y cuatro como mínimo, lo que acrecentaba esta sensación. Tal era su cantidad que no me proporcionaban una sensación de mayor seguridad; tampoco de miedo, pero sí de cierto desasosiego e incluso tristeza. La conjunción entre el cielo nublado, la fina lluvia y la gran cantidad de vehículos policiales creaba un escenario orwelliano cercano al ciberpunk bastante incómodo.

Otro detalle visualmente destacable se encontraba en las fachadas de los edificios, saturadas por la estelada, así como por la señera de Cataluña, la bandera oficial de la comunidad autónoma. Eso sí, en todo el tiempo que estuve en Barcelona no vi ni una sola bandera de España en ningún edificio, lo que me hace pensar que, tal vez, los integrantes de la corriente unionista —por llamarla de algún modo— temen represalias por colgar este símbolo.

Cataluña - Elementos prorreferendum y proindependencia en la fachada de un edificio en Barcelona
Símbolos prorreferéndum y proindependencia en la fachada de un edificio. | Ramón Alarcón Sánchez.

Donde sí pude ver banderas de España fue en la plaça de Sant Jaume, ubicación que alberga dos edificios clave: la Casa de la Ciutat de Barcelona, sede del Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat. Un pequeño grupo de personas sostenía este símbolo nacional. Nadie les recriminaba o insultaba, pero sí había una cierta tensión en las miradas que la gente les lanzaba. Tuve la oportunidad de hablar con uno de los participantes de esta pequeña concentración, quien me aseguró que él había vivido en sus carnes el rechazo de no secundar el ideario independentista. El audio puede escucharse a continuación.

Situado a unos pocos metros del grupo con las banderas españolas, un hombre sostenía un cartel que aseguraba que “Cataluña es una nación oprimida”. Dicho letrero estaba estratégicamente escrito en inglés, con el objetivo de atraer la atención del turismo y de la prensa internacional. Y lo conseguía. En el tiempo que estuve en esta localización —en torno a media hora— varias personas se le acercaron con la intención de informarse acerca de la “opresión” que vive el pueblo catalán desde el año 1714. Cuando me dispuse a tomar una foto, el hombre me pidió que me detuviera. A continuación, se puso en pie y sujetó el cartel con ambas manos por encima de su cabeza. Ya estaba listo y en posición para la foto.

Cataluña - Hombre con cartel Catalonia is an opressed nation
Hombre con un cartel en el que se puede leer “Catalonia is an opressed nation” en la plaça de Sant Jaume. | Ramón Alarcón Sánchez.

De Sant Jaume me trasladé hasta la plaça de la Universitat, donde se encuentra el edificio histórico de la Universidad de Barcelona ocupado por los estudiantes desde el pasado 22 de septiembre. Aquel lugar me transmitió el componente revolucionario de lo que está ocurriendo en Cataluña; por primera vez pude sentir realmente la transcendencia de todo el proceso —que no procés— que vive dicha región y que puede resumirse en “república para todos”.

Cataluña - Universidad de Barcelona
Cajas de cartón colocadas a modo de papelera en el edificio histórico ocupado de la Universidad de Barcelona. | Ramón Alarcón Sánchez.

Los estudiantes intentaban mantener un cierto orden en el caos. Varias cajas hacían las veces de improvisadas papeleras preparadas para reciclar; los sacos de dormir distribuidos por el suelo radiaban el compromiso que algunas personas mantienen con esta movilización, decididas a pasar allí noches y noches para evitar la entrada de la policía; de igual manera, de vez en cuando tenían lugar actividades y conferencias que ayudaban a difundir los propósitos de la ocupación. Yo tuve la oportunidad de asistir a una de estas conferencias, organizada por Universitats per la República. Pude ver la participación de tres personas, mientras que otras dos hacían las veces de presentadora y traductora. El primero en intervenir fue un hombre procedente de EE. UU. que aseguró que desde el extranjero no se percibía todavía la importancia de todo lo que estaba ocurriendo en Cataluña; el siguiente fue un gallego que reprobó el comportamiento del Gobierno central y del Estado —un fragmento de su intervención se incluye debajo del párrafo siguiente—, pues bajo su punto de vista funciona como una “cárcel” que cercena las libertades de los “pueblos de España”; por último, un joven del País Vasco comenzó su intervención especificando que su intención no era explicar en su totalidad el conflicto vasco con el fin de evitar “discusiones”, pero también arremetió contra el Estado español.

La mayoría de los asistentes aplaudía a los ponentes, lo que evidencia que, quizás, estas conferencias sirven como altavoz propagandístico de los nacionalismos periféricos, pero nunca se propusieron como base para discutir posiciones políticas, sociales y/o económicas opuestas con el fin de llegar a acuerdos. Puede ser que los asistentes a estar charlas escuchen únicamente argumentos en una sola dirección que solo sirven al autoconvencimiento; es decir, para reafirmar más si cabe una idea preasentada.

Tras visitar la Universidad me dirigí de nuevo a la plaça de Sant Jaume, donde estaba teniendo lugar una gran concentración a favor de España, contra el referéndum ilegal del día siguiente y contra la independencia. Una mujer gritaba que por fin ellos —en referencia a la conocida como “mayoría silenciosa” catalana opuesta a los planes secesionistas— habían “salido a las calles”. Otra vociferaba exaltada comentarios xenófobos tales como que el Govern ayudaba a “los moros” que luego “nos matan” mientras excluía a los contrarios a los planes independentistas. Al mismo tiempo, un grito general recorría Sant Jaume: “¡Puigdemont, a prisión!”. Por otro lado, la plaza se encontraba repleta de símbolos prorreferéndum que algunos radicales intentaron derribar: lo consiguieron con un gran cartel de Òmnium Cultural que terminó destrozado; sin embargo, no tuvieron la misma suerte con el cartel que cuelga de uno de los balcones del Ayuntamiento —en el que se puede leer “MÉS DEMOCRÀCIA”—, a pesar de su insistencia. Únicamente lograron romperlo parcialmente, lo que generó un mar de aplausos.

En este contexto de tensión y división la prensa ha sido señalada estos días tanto por los secesionistas (que utilizan consignas como “prensa española manipuladora”) como por los ultras del nacionalismo español. Al término de la concentración por España, una periodista de laSexta fue rodeada por miembros de este último colectivo que le impidieron realizar su trabajo mientras gritaban “¡Esta es nuestra tierra, hay que defenderla!” o “¡Viva España!”. A continuación, algunos ultras reintentaron arrancar el cartel de “MÉS DEMOCRÀCIA” del Ayuntamiento. Durante esta acción uno de ellos cayó desde una altura considerable, pero no se produjo ningún daño.

Cataluña - Periodista de laSexta en la plaza San Jaime
Periodista de laSexta rodeada por un grupo de personas con la bandera de España en la plaça de Sant Jaume. | Ramón Alarcón Sánchez.

El 1 de octubre me dirigí en torno a las cuatro y media de la mañana a la escola Mediterrània, situada en el passeig Marítim, en pleno barrio de La Barceloneta. Desde esas horas tan tempranas ya había gente congregada a las puertas del colegio, y otra tanta había pernoctado en su interior. Todo ello correspondía a una llamada de los defensores del referéndum por la cual se solicitaba la presencia de personas desde las cinco de la mañana para dificultar el desalojo de los colegios, que debía producirse antes de las seis de la mañana por los Mossos d’Esquadra.

Cataluña - Multitud congregada a las puertas de la escola Mediterrania
Multitud congregada en la entrada de la escola Mediterrània. | Ramón Alarcón Sánchez.

En un momento comenzó a llover, pero eso no evitó que cada vez más hombres y mujeres de todas las edades se acercaran a las puertas del centro. En torno a las siete menos cuarto, poco tiempo después de que se hubiera repartido bollería entre los congregados para desayunar, apareció una pareja de mossos entre aplausos y gritos de “¡Votarem!”. Sin mediar palabra, se dieron media vuelta y se resguardaron dentro del coche patrulla. No volverían a acercarse a la entrada de la escuela hasta más de dos horas después.

A las ocho y media se empezaron a constituir las mesas. Ninguna de las personas citadas ‘oficialmente’ hizo acto de presencia, lo que obligó a buscar voluntarios. Cada voluntario era aclamado por la multitud, pero al menos una mujer dudó ante la amenaza de ser multada por utilizar datos personales de manera contraria a derecho. No obstante, aceptó la propuesta y entró dentro del colegio para formar parte de la mesa. Mientras, el “¡Votarem!” no paraba de escucharse y ya se había formado una larga cola de votantes.

De forma sorpresiva efectivos de las Unidades de Intervención Policial (UIP) aparecieron y cargaron contra la multitud. Adultos y jóvenes caían al suelo mientras los mossos, que hasta el momento habían permanecido en el coche policial, intentaban crear un cordón entre los votantes y los policías nacionales. Tras la carga, el caos: heridos, ambulancias y lloros. Por el momento se suspendía la votación en este colegio alegando que la Policía se había llevado las urnas, pero tiempo después reabrió y la gente pudo votar, por lo que la carga policial no fue efectiva para desactivar el referéndum.

Mientras tanto, en torno a unos quinientos metros, en el carrer del Baluard, cientos de personas esperaban frente a el Casal de Gent Gran Barcelona – Barceloneta, espacio público del Departament de Benestar Social i Família de la Generalitat de Catalunya que funcionó como centro de votación. Aquí no había habido ninguna carga policial; tampoco la hubo en el resto del día, pero había problemas para acceder a la plataforma web habilitada por la Generalitat que permitía consultar el centro electrónico universal. Aunque finalmente la plataforma online funcionó, fallaba continuamente.

Pude acceder al interior del centro: las personas votaban entre aplausos y gritos de “república”, pero cuando el censo electrónico caía debían esperar hasta su reanudación. La plataforma online era muy simple: consistía en un simple formulario que debía ser rellenado por un miembro de la mesa. En él se colocaba el DNI de los votantes y la web respondía si estaban registrados en el censo o no. Asimismo, indicaba si habían votado en alguna otra mesa electoral. Esta consulta se realizaba desde un teléfono móvil mediante el uso de datos móviles al no haber internet en el centro y de una manera muy rudimentaria: para acceder al formulario online era necesario especificar una dirección IP en el navegador; sin embargo, esta variaba periódicamente, por lo que había folios repletos de IP en cada mesa electoral. Por otro lado, las papeletas del referéndum estaban colocadas a la vista de todo el mundo y no había cabinas que aseguraran el secreto del voto.

Cataluña - Personas votando en Barcelona
Votación en el Casal de Gent Gran Barcelona – Barceloneta. | Ramón Alarcón Sánchez.

Por último, me dirigí a la plaça de Catalunya, donde el ambiente estaba caldeado debido a la presencia de una bandera de España. Entre gritos de “¡Fuera!” o “¡Nazis no!”, la escena reflejaba la gran fractura social que se ha abierto en Cataluña entre el sector unionista y el independentista. Una herida abierta que será muy difícil de cerrar a tenor de los acontecimientos que se han ido sucediendo, entre los que se incluye el hostigamiento a las fuerzas del orden que, a su vez, actuaron de forma muy contundente el 1 de octubre; y no contra los máximos promotores políticos del referéndum, sino contra los peones, la gente de calle que, sin ninguna violencia, quería ejercer el derecho a voto que su Gobierno autonómico les había prometido. El Estado se encuentra en una situación de quiebra constitucional que únicamente es posible encauzar por medio del diálogo, pero nunca desde la violencia, que solamente alimenta la tensión, la confrontación y la fractura.

Fractura social total en Cataluña
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